¡Corre…Corre… Cuca…Que no te alcance tu áspera realidad!
Por Elba Raquel Aughy
¡Corre…Corre… Cuca…Que no te alcance tu áspera realidad!
Bajo el cielo de Chascomús vivió Cuca, el moreno alegre al que le gustaba correr, pescar y boxear.
El hombre era un gran aguantador de vino de cualquier color y marca.
Con su metro cincuenta y cinco y físico delgado trabajó en toda changa que le ofertaron.
En los ratos libres se vestía de corredor con un pantalón corto color verde con rayas blancas en los costados y una musculosa blanca sin brillo.
Todo el pueblo sabía de su pasión de correr y era raro que faltara en esas competencias deportivas.
Hasta ahí todo normal. Lo curioso ocurrió un día que se corría una carrera muy importante, con muchos participantes foráneos. Llegada la hora anunciada y ante un nutrido público, largaron los participantes anotados. Enseguida Cuca quedó último. Pero ¿quién les parece que llegó primero? El cuca. ¿Qué había pasado? Bromistas que nunca faltan lo habían subido en una chata y lo largaron a metros de la llegada. Con esta enorme ventaja el corredor llegó sacando pecho y con la camiseta casi seca cortó la cinta de llegada- enfrente a lo de Racco- con alegría contagiosa. Los de acá, que lo conocían y sabían todo, aplaudían y gritaban a rabiar. Los otros, los desconocidos, no entendían nada y todavía discuten quién llegó primero.
OTRO SOL, OTRA SOMBRAS
Nuestro hombre, sentado en un tronco, mira un pedazo de aguja acostado en la parrilla. Se hace despacio, mientras chisporrotea la grasa que cae entre las leñas en llamas. El corredor tiene la expresión propia del hombre feliz.
Ladra el falucho…Golpe de manos…Más comensales llegan con mucho apetito y nada para compartir. Cuca llama al perro con un silbido suave, largo y dice “dentren nomás”.
Cuca sonríe pero dura poco. Acaso en algún momento pasó un duende malo y les puso los ojos vidriosos a todos. La cosa fue que las miradas se volvieron rojas y la alegría se vistió de locura. Algunas manos empuñaron palos y otras encerraron trompadas. Movimientos bruscos, cuerpos hediondos de humo y alcohol se empujan unos a otros, minutos después se ven dos caídos y tres corriendo con las cabezas llenas de chichones en medio de perros que ladran y tiran tarascones a diestra y siniestra.
¡Corre…Corre… Cuca…! Tu valor no alcanza para enfrentar palos y perros enfurecidos.
De correr suda el Cuca…
OTROS SONIDOS
Los pájaros del monte Mendoza cantan canciones desprolijas y despiertan al guerrero. Ahí está tomándose unos mates junto a los perros que esperan las migas de pan que siempre caen para ellos y los chingolos que caminan dando saltos mansos y confiados entre Cuca y los lanudos.
Una corrida para calentar el esqueleto y sale con su jauría. Van a trabajar en lo que aparezca.
Está volviendo. Viene cantando. Laira lalaira lalaira… y arrastrando dos mondongos que le regalaron en la carnicería Apaolaza. Los trae ensartados en un alambre duro- tipo San Martín – y arrastrando por la calle Díaz Vélez, en aquellos tiempos de tierra. Los pone bajo la bomba y les da una lavada rápida, luego los mete con papas sin pelar en una olla alta y negra por el tizne de muchos años. Según sus dichos “un manjar de los dioses”.
Hombre movedizo y contento. Camina, corre, pesca y boxea. Se asombra y se maravilla. Hace lo que quiere todo el tiempo. La vida en sus manos es un juguete hermoso.
Hoy, el viento aúlla más que los perros. Cuca calienta sus manos en la fogata encendida en el patio. La oscuridad lo acecha. Voces altas preguntan ”¿ y los muchachos?”, Cuca responde. “Los negros están de yumbia”, por cumbia. Sin duda alguna hablaba en un idioma propio, pero que sus amigos entendían a la perfección. Otro dicho recurrente era “¡José! A qué no te vas al club y te traes un vino antes de que se seque esta escupida….” Y José corría…
En la mitad de un día el hombre mira el agua. La bolla no se mueve, pero él no se impacienta, sólo dice “hoy hace frío, el peje – por pejerrey- anda bajo.
Dicen que para vivir se necesita un motivo. El tenía muchos.
EL ABRAZO DE LA OSA
La vida sigue jugando…Hoy trajo un circo al pueblo. Un circo con tres camiones pintados con cabezas de payasos y letras en colores brillantes. Dos casillas rodantes y tres jaulas con fieras. Cuca y los chicos del barrio se interesaron en los pormenores de la instalación de la carpa y ofrecieron ayudar en el armado por poco dinero y entradas gratis para todos. Fueron aceptados.
Al día siguiente tres hombres uniformados con trajes rojos, bordados en plata y oro caminaron en medio de malabaristas y niños en zancos. Golpeando redoblantes recorrieron las calles de tierra. Anunciaban las funciones de los días siguientes a viva voz, mientras tiraban papeles impresos con el precio y la hora de cada función. Lo curioso de este circo era una osa enorme, que decían, boxeaba con todo aquel que quisiera o se animara a hacerlo
Y allá fue el Cuca y se anotó. Después contó a todos de su audacia. Demás está decir que todo el vecindario sacó entradas para verlo.
Y llegó el día. Empezó la función y casi nadie mostró interés por el hombre musculoso que en un esfuerzo sobre humano levantó una piedra como de cien kilos, ni por la mujer que daba vueltas en el aire atada solo de los pelos. Tampoco por los payasos, ni por los enanos. Todos querían ver al Cuca pelear con la osa, y eso, por supuesto, era el plato fuerte y se servía al final.
Fragancia a miedo. El Cuca se mueve tirando piñas al aire. Y llegó lo esperado. Hombre y fiera se están mirando. Se miden. Las respiraciones se mezclan. Cuca parece una hormiga de minúsculo ante la visión de la descomunal osa. Silbidos, gritos y aplausos. El moreno mira de reojo al público. Muchos dicen ¡matala! Y no pocos ¡matalo! ¡Matalo, osa querida!
Empieza la pelea. Y también el alboroto.
Cuca es un hombre un poco encorvado hacia delante. Al primer manotazo de la osa queda doblado en dos, pero para atrás. Confusión de voces. Risas ruidosas y alguien que oferta: ¡Cien pesos a que gana la osa! Nadie toma la apuesta. Grito va, grito viene la fiera peluda se acerca y tira otro saque. Nuestro hombre se agacha a tiempo. La gigante emite sonidos ásperos y gruñidos de triunfo. Pone la piel de gallina de solo mirarla. La carpa se viene abajo por las emociones encontradas. Cuca zigzaguea pero la peluda lo alcanza y lo estrecha contra su pecho. Todos se paran y piden: ¡Hagan algo!
Que lo suelte! Que lo suelte!
Del fondo una voz grita: ¡doscientos a que gana el cuca! En dos minutos el sinvergüenza tiene un enorme fajo de billetes en sus manos.
En el momento más dramático la osa lo suelta y mira al público, que al momento parece haber perdido el juicio. El animal se golpea el pecho con las dos garras. Gruñe mientras se da vuelta y enfrenta al boxeador. Este sigue balanceando cuerpo y piernas, retrocede y corre en redondo con la osa detrás. El gentío se para. El miedo dispara en ráfagas enloquecidas. Alaridos. Temor. Llanto de los niños. Todo indica que la osa lo mata. Pero no, todo termina cuando la osa lo toma de un brazo y lo arrastra en redondo como si fuera una muñeca de trapo. Nada más ocurre, porque el animal está adiestrado para que todo termine así, en carcajadas y sin lastimados. Fue un espectáculo que nadie olvida.
Al día siguiente los vecinos del Cuca le dicen: ¡Cuidado…! ¡Ahí viene la osa! Y él les contesta: ¡Quisiera ver quién de ustedes se anima a enfrentar a esa bestia!
Y DA MAS VUELTAS LA VIDA
Es de noche…El hombre disfruta de su propia intimidad…Repique de dedos sobre la mesa, de golpe el vino lo pone alegre…Muchas horas después llega del país de los sueños. Despojado de tristezas tararea una cumbia.
Hoy está en la orilla de la laguna –calle Azcuénaga – Mira el agua y toma aire, luego dice “el agua está revuelta, hoy sale bagre”. Minutos después revolea un aparejo encarnado con caracoles y lo arroja a las aguas oscuras. Tal vez los anzuelos vengan cargados o tal vez no. Dios dirá…
LA CARRERA FINAL
Graznido de cuervos. Zumban moscas y mosquitos, ladran perros sin dueño. La muerte viene. ¡Estupor! Se multiplican los gestos. Cuca corre en dirección a los misterios del cielo…
La imagen es real, crédito de Juan Patricio Wallace.