Salvatierra, habilidoso de la alpargata y apasionado del fútbol
POR ELBA R. AUGHY
CHASCOMUS -
Nuestro hombre, Salvatierra, es la representación perfecta del hombre original, y fuerza es citarlo en estas páginas para no ignorar los testimonios de la gente ocurrente de nuestra querida ciudad.
Es un hombre alto, corpulento, bromista y un apasionado del fútbol, deporte al que le dedica muchas horas en los potreros de lo que hoy conocemos como el barrio de la calle Garay y Beltbezé. No hay otras calles que vayan o vuelvan en los potreros sin subdividir. Los altos cardos y yuyos le dan un marco silvestre al hogar del hombre en cuestión.
Maximino es un ser distinto por su habilidad en el manejo de la alpargata como un certero puñal, el desempeño con la redonda y la rapidez de sus respuestas verbales.
El paso de Salvatierra por estos paisajes ha dejado muchos recuerdos en hombre y mujeres que aún recuerda frases como estas:
- ¿A dónde vas Maximino?
Y, Maximino respondía: - Acá voy, sin destino elocuente-.
Todo esto sucede mientras en las páginas del Diario El Eco De Las Niñas, sin editor responsable a la vista, se pondera la intensa vida social de los vecinos, que concurren a las kermeses de las entidades de beneficencia y las romerías del Club Atlético.
La gente pasa y pasa – dando la vuelta al perro- por la calle Buenos Aires, de 1928, mirando a los vecinos más pudientes sentados en las confiterías.
Tarde de fútbol en los potreros.
Improvisadas tribunas de espectadores ávidos de disfrutar de su habilidad futbolera festejan todas sus jugadas y le gritan cosas como:
“¡Maximino, se te cayó un peso!”
A lo que él contesta: yo no uso esas herramientas. Es decir, no usaba dinero porque casi nunca tenía una moneda en sus bolsillos.
La difusión de su arte con la esférica trascendió las fronteras y vinieron de Uruguay a buscarlo para enrolarlo en sus más importantes filas pero Salvatierra dijo que no y ahí terminaron sus posibilidades de gloria.
Otros momentos de vida.
Una alpargata danza en el aire mientras los gritos corren en la oscuridad. El vecino ocurrente está en acción. Dicen que una sola mirada, un poco torcida, bastó para comenzar la pelea.
Los comportamientos y rarezas de Maximino van saltando de boca en boca y nadie los puede ni quiere parar.
Anibal, un niño del barrio, suele hacerle los mandados en el almacén de Rafael Haye. Los pedidos rezan:
Diez centavos de mortadela, diez centavos de queso y otros diez centavos de pan más 10 litros de limeta (vino tinto de damajuana).
En ese barrio no sobra nada y si sobra se comparte, como es el caso de la carne y achuras, que un vecino trae del matadero municipal.
Ledesma, su amigo al albañil, cuenta algunos de sus dichos:
Cuando se le preguntaba a dónde iba, él respondía: “Acá voy, sin rumbo elocuente”
Maximino es un hombre gracioso y hacer los mandados le sirve para entablar charlas ligeras con sus vecinos.
Acostumbrado a los grandes espacios, suele sentarse al final de su patio, en un banco de patas cortas. Ese es el palco desde el que observa su entorno.
El líquido morado del vino lo tiene cautivo y en más de una oportunidad lo lleva por camino peligrosos, donde caminan conocidos peleadores.
El hombre es admitido en los círculos del barrio y se lo saluda con mucho respeto.
Su vida sencilla lo muestra juntando botellas, cables, fierros, bronce y un sinfín de elementos sin clasificación conocida.
Pasan las luces, pasan las sombras.
Otra trifulca en la calle de tierra.
Vecinos corriendo, policía llegando mientras la alpargata de Salvatierra dibuja giros en el aire.
Los milicos, como él los llama, se lo quieren llevar a la fuerza pero no es tan fácil esquivar los golpes de su alpargata.
Nadie puede asegurar en cuántas peleas intervino, pero sí que fueron muchas y que casi todas terminaban en la comisaría.
Sí, Salvatierra era el detenido más conocido de la policía. Y Según cuenta el prestigioso Diario El Argentino, en su editorial del día 14 de agosto del año 2016, que cuando se inauguró el nuevo edificio de la policía, ubicado en calle Lastra y Sarmiento, se dio un agasajo a las personalidades del pueblo, debió ser por los años 1929 o 1930. En medio de la fiesta irrumpió Maximino y en tono irónico exclamó: “¡Ajá!, me traen todos los días pero cuando hay beberaje no!”
El tiempo terrenal sigue corriendo mientras su amigo recuerda:
“Otro de sus entretenimientos era participar de los fogones nocturnos en las estancias donde trabajaba, contando relatos donde no faltaban las luces malas y los aparecidos sin cabeza.”
Salvatierra era una persona estando sobrio y otra cuando se tomaba unas copas de más.
Ahí va por las esquinas aprendiendo a cruzar obstáculos.
Camina por las calles desparejas, llevando tramperas para cazar pájaros.
Pasa horas escondido entre los cardos con la vista fija en los descoloridos barrotes que aprisionan alas sin vuelo..
Ledesma le da pausas a sus dichos y retoma la conversación con la pregunta repetida: “¿A dónde vas Maximino?
Nuestro relator queda con la vista perdida y sonríe. Un mate cambia de mano y la charla sigue.
Maximino tenía mucha vitalidad y fuerza, recorría la calle Reconquista, juntando chatarra que acumulaba cerca de su refugio, para su posterior venta.
En la representación de sus actos pueden verse gestos muy lindos.
Por momentos la bondad lo desborda y ayuda a los más necesitados sin esperar nada a cambio. Un ejemplo de ello es cuando prestó su otro rancho a un fulano que resultó ser un desagradecido, según su criterio. Esto motivó que se arrepintiera de su generosidad y le pidiera que abandonara inmediatamente su propiedad. El hombre en cuestión hizo oídos sordos al pedido y siguió viviendo sin poner el menor empeño en encontrar otro lugar. La reacción de Maximino no se hizo esperar y ahí nomás incendió su propio rancho y se sentó a mirar como el pobre desgraciado corría más rápido que el humo.
Dicen que lo entretenido de la vida es que uno jamás adivina qué sorpresas aparecerán mañana. Tampoco sabemos si nos sacudirá para adelante o para atrás.
Salvatierra eligió Chascomús, como teatro para representar los actos de su vida, acompañando sus movimientos con los giros de sus locuras y en el tiempo que duro su vida se defendió a golpe de alpargata.